Sangre Oro, 1994
CONTENIDO
En un lugar muy lejano , introduccion pag. 15
el oro
capitulos 1-16, pag. 23 a 157
la sangre
capitulos 1 a 11, pag. 161 z 282
es de noche pag. 283
Cronologia de la guerra pag. 287
50.000 hetareas
EN UN LUGAR MUY LEJANO, INTRODUCCION
En un lugar muy lejano de las
selvas del Alto Andágueda, por el camino lleno de barro que atraviesa los
montes y que va desde la fonda de Docabú hasta los potreros abiertos de la
misión de Aguasal, hay un caserío formado por varios ranchos, casi todos
construidos con tablas de madera y zinc. A primera vista no parecen ranchos
indígenas: el techo no es de palma ni las paredes de guadua. Pero en ellos
viven algunos indios emberá, refugiados con sus mujeres y sus hijos de una
guerra absurda, como casi todas las guerras. Una guerra que ha matado ya a
muchos hombres y mujeres y niños indígenas desde que estalló, en 1987.
El caserío es pequeño y a pesar
de que algunas casas ya tienen pequeñas comodidades de las casas de los blancos
como mesas, camas y taburetes, aún conserva el aspecto de los pequeños pueblos
levantados de afán por gente que huye de la muerte.
En la calle principal del caserío
hay una fonda donde venden víveres y aguardiente y donde también se puede oír
música algunas noches. La fonda tiene unas pocas mesas de madera burda y unos
cuantos taburetes. A menos de mil metros de distancia, desde la puerta, se
puede ver el enorme edificio de concreto y ladrillos de la misión de Santa
Ana de Aguasal, donde hace unos años funcionaba el internado indígena fundado
por los misioneros claretianos.
El dueño de la fonda es Guillermo
Murillo, un emberá nacido en el alto de Cascajero, que tuvo que abandonar su
casa de la montaña junto con sus familiares después de los sucesos de febrero
de 1987. Ese mes se partió en dos la historia del resguardo y miles de familias
huyeron de sus casas al comenzar una racha de violencia que ha llenado de
huérfanos, de penas y de sangre a los cuatro mil emberá que todavía viven en
las selvas del río Andágueda.
Guillermo es de estatura baja,
como casi todos los emberá de la montaña, pero es fornido y de brazos muy
gruesos. En sus pequeños ojos brilla esa particular malicia de indio que le ha
permitido sobrevivir hasta ahora (1994) a esa guerra entre hermanos que ya dura
más de siete años. Hoy en su fonda hay música. No hay fiesta: simplemente se ha
destapado una botella de aguardiente al caer la tarde. Las canciones salen de
una grabadora de pilas, una de las tres mil o cuatro mil grabadoras de todas
las marcas y tamaños que entraron al resguardo con la bonanza del oro. El dueño
está tomando aguardiente y emborrachándose. Y mientras habla con uno de los
maestros de la misión de Aguasal que ha ido a visitarlo, coge entre sus manos
una pistola. Por momentos la toca como si fuera una joya tallada en un metal
precioso. El arma es negra y pesada. Una Star 765. Parece una escuadra
pavonada. Guillermo la mira con una sonrisa de satisfacción. Luego la pone
sobre la mesa, con un poco de orgullo, y deja que el maestro la mire y la
toque. Dice que la compró hace unos meses, pero se niega a decir cuánto pagó
por ella. En cambio, dice cuántas balas puede disparar en una ráfaga.
Por supuesto que la pistola la
compró sin papeles, como casi todas las pistolas que se compran y se venden en
la selva. Guillermo tampoco tiene salvoconducto para usarla. En el Alto
Andágueda no hay ninguna autoridad civil o militar que pida un papel de esos en
muchas leguas a la redonda ni nadie que se ponga en la tarea inútil de
conseguirlo.
Guillermo está feliz de tener la
pistola ahí, brillando entre sus manos. Cuando está en la tienda acostumbra
dejarla en cualquiera de los tablones de los estantes. Cuando sale, la lleva
metida en la pretina del pantalón. Siempre lista. Porque aun cuando las cosas
están calmadas desde el año pasado (1993), uno nunca sabe... Ahora la mira,
mientras oye la música. El maestro insiste en preguntar por el precio del arma.
¿Quiere que le consiga una?, dice Guillermo. El maestro confiesa que lo suyo es
pura curiosidad. Entonces Guillermo por fin dice por cuánto la compró en Pueblo
Rico: quinientos mil pesos. Hoy puede valer cerca de un millón...
El maestro mira las tablas de
madera con las que Guillermo ha levantado la fonda, las tejas de zinc con que
construyó el techo, los anaqueles de la tienda casi vacíos, el surtido, las
sillas... Y hace cuentas. Entonces comprende que la pistola que Guillermo tiene
en sus manos vale más que todo eso junto.
Y se queda pensando...
Desde 1978, cuando la policía
entró por la fuerza a Río Colorado, muchas armas como esa han reemplazado a
las cerbatanas tradicionales de los emberá en el resguardo del Alto Andágueda.
Y desde 1987, cuando empezó a correr la sangre a montones, es raro encontrar en
ese vasto territorio un rancho donde haya un hombre que no tenga escondidos en
el zarzo, o envueltos en plásticos, y enterrados junto a su tambo, una escopeta
o una pistola, una carabina o un fusil. Algunas familias han vendido hasta sus
vacas para comprarlos.
Hace veinte años, en las
cincuenta mil hectáreas que ocupan los emberá en el Alto Andágueda —desde
Aguasal hasta Río Colorado y desde Piedra Honda hasta el nudo de San Fernando—,
no había más armas que el revólver del padre Betancur, cura párroco de la misión
de Aguasal, y el revólver del inspector de policía que pagaba el municipio de
Bagado. Los indios cazaban con sus cerbatanas y los escasos colonos negros de
El Chuigo lo hacían con escopetas de fisto de un solo tiro. Los emberá vivían
pobres, como todos los indios de este país, y se enfermaban de paludismo y de tuberculosis,
y también sufrían de desnutrición, pero vivían tranquilos y se morían de lo que
los blancos llaman muerte natural. De vez en cuando en alguna borrachera que
terminaba en trifulca moría un indio macheteado o acuchillado por un enemigo.
Cuando lo conocí, hace quince años, en su tambo, cerca del alto de Cascajero,
Guillermo Murillo no había tenido necesidad de aprender a
disparar.
¿Por qué ahora Guillermo tiene
una pistola que vale más que toda su casa y sus enseres juntos? ¿Por qué hay
armas enterradas y escondidas a lo largo y a lo ancho de las selvas? ¿Por qué
tantas familias siguen escondidas, viviendo en ranchos miserables, junto a la carretera
Quibdó-Medellín, y no se atreven a volver al resguardo? ¿Por qué se acabó la
paz y hoy yacen bajo la tierra tantos hermanos de sangre asesinados a machete y
a balazos?
La historia es muy larga y muy
triste, y tiene que ver con una mina de oro que descubrió en 1975, en
las montañas de la parte de arriba del resguardo, un emberá de Río Colorado
llamado Aníbal Murillo. Y es una historia de oro y de sangre.
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